Cuando el gel se empieza a secar en los dedos y el cuerpo decide el final

El gel ya no estaba igual que al principio. En los primeros minutos se sentía espeso y frío entre la piel y la piel, y el cuerpo a cuerpo iba despacio, casi con cuidado, como si los dos estuviéramos midiendo cuánto peso se podía entregar sin que se resbalara todo. Mónica me había dicho antes de empezar que el ritmo lo íbamos a ir encontrando juntos, no impuesto. Y así fue hasta que empezó a secarse en los dedos.
No se secó de golpe. Primero se puso pegajoso en las palmas y en la parte de adentro de los muslos. El desliz que antes era continuo empezó a engancharse, y cada vez que el pecho o la cadera se movían había un instante en el que la piel se quedaba un poco más de lo esperado. Eso cambia el ritmo. Ya no puedes seguir empujando igual porque el gel ya no cubre el límite; lo delata. La sesión se vuelve más honesta ahí, aunque se sienta menos fluida.
Yo estaba boca arriba, con las rodillas un poco flexionadas, y ella encima, apoyada en los antebrazos para no dejarme todo el peso de una. Cuando el gel se adelgazó entre el abdomen y las costillas, sentí que mi respiración se le enredaba a la suya. No era algo planeado. El aliento se volvió parte del contacto. Cada vez que ella subía el pecho para buscar otro ángulo, el aire me llegaba más cerca de la clavícula y el ritmo se rearmaba solo, más corto, más atento.
En un momento mis manos, que habían estado quietas a los lados, subieron a su cintura. No para dirigir. Solo para sentir si el límite estaba ahí o más abajo. Ella no me detuvo, pero tampoco se dejó llevar del todo. Bajó un poco el peso, esperó, y luego dijo en voz baja que si quería que parara en algún punto se lo dijera con el cuerpo, no con palabras si no salían. Eso se quedó. El gel ya no servía para esconder nada; lo que se movía o se detenía era decisión.
Seguimos un rato más con ese ritmo irregular. A veces el desliz volvía cuando ella ponía más gel en la espalda baja y me giraba un poco de lado. Otras veces el contacto se volvía casi seco en los muslos y había que parar, reacomodar las rodillas, dejar que el cuerpo decidiera si seguía o no. No fue una sesión de minuto ni un truco. Fue el tiempo que el gel y el peso necesitaron para mostrar dónde estaba el límite real de ese día.
Cuando terminó, el gel estaba más en la sábana que en la piel. Me quedé un rato sin moverme, sintiendo cómo se enfriaba la parte que había estado cubierta y cómo la otra se secaba más rápido. Mónica se levantó despacio, sin apurar el final. El ritmo no se cerró con una frase; se cerró cuando el cuerpo ya no pedía más contacto y el gel ya no podía fingir que sí.




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