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Cuando el gel se vuelve pegajoso y el ritmo tiene que ceder

Foto del escritor: Monica Pablos
Monica Pablos
13 oct
2 min de lectura

Hoy el gel no quiso cooperar desde el principio. Lo puse como siempre, tibio, abundante, y al primer desliz sobre la espalda ya se sentía diferente: no corría, se pegaba un poco. El cliente lo notó también. Su piel estaba más fría de lo habitual, o el gel había perdido temperatura en el camino del recipiente a la mesa. El caso es que el cuerpo a cuerpo empezó con esa resistencia suave.


En lugar de forzar el desliz con más presión, bajé el ritmo. Me apoyé más con el peso del torso, dejé que el gel se calentara entre las dos pieles. El sonido cambió: de un resbalón silencioso pasó a un leve chasquido pegajoso cada vez que me separaba un centímetro para volver a contactar. Ese sonido es el que me dice cuándo el gel ya no es solo lubricante, sino que está empezando a secarse o a interactuar con la piel de otra manera.


El cliente respiró más profundo. No dijo nada, pero su mano, que estaba apoyada en mi costado, se relajó. Entendí que el límite no era de tiempo ni de zona, era de ritmo. Si seguía buscando el desliz largo y fluido, iba a tener que empujar, y empujar aquí no sirve. El nuru funciona cuando el gel permite que el cuerpo decida cuánto se mueve y cuánto se queda.


Me quedé más tiempo en la zona lumbar, haciendo círculos pequeños con la cadera en lugar de deslizamientos largos con las manos. El gel se iba calentando. Cada tres o cuatro movimientos se sentía un poco más fluido, pero nunca del todo. Y eso estaba bien. El límite se había puesto solo: no forzar el resbalón. Cuando intenté un desliz más amplio hacia el costado, el gel hizo ese sonido otra vez y la piel se tensó un segundo. Volví al círculo. El cliente soltó el aire que había retenido.


Hay sesiones en las que el gel se comporta perfecto desde el minuto uno y el cuerpo a cuerpo se vuelve un desliz continuo. Hoy no. Hoy el gel pidió otra cosa. Y el ritmo tuvo que ceder. No fue un problema; fue información. El cuerpo del cliente, a través de esa resistencia pegajosa, me estaba diciendo dónde quería quedarse y dónde no. Me quedé. El gel se fue calentando poco a poco entre nosotros. El sonido pegajoso se hizo más espaciado. Y la sesión encontró su propio compás, más lento, más pegado a la piel, sin prisa por resbalar.


Al final, cuando ya el gel estaba más integrado y el cuerpo más caliente, pude hacer un par de deslizamientos más largos sin que se pegara. Pero ya no eran el centro. El centro había sido ese momento en que acepté que el ritmo no lo marcaba yo, lo marcaba el gel y la piel juntos. Eso es lo que se siente de verdad en una sesión nuru cuando no se fuerza nada: el cuerpo a cuerpo se adapta, el límite se respeta en el gesto, no en la palabra, y el gel, aunque pegajoso, sigue siendo el medio que permite que todo ocurra sin prisa.

 
 
 

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