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Cuando el peso del cuerpo se entrega y el gel ya no decide el ritmo

Foto del escritor: Monica Pablos
Monica Pablos
18 oct
2 min de lectura

El peso llega primero que las palabras. Cuando el cuerpo de la otra persona se acomoda encima del mío, el gel ya no corre igual: se queda en los huecos, se enfría un poco en las costillas y obliga a que la cadera baje de verdad. No es el desliz de los primeros minutos. Es el momento en que uno deja de sostenerse y el otro siente el peso completo.

En esa sesión el ritmo no lo marcaba yo con las manos. Lo marcaba el pecho que se apoyaba, la forma en que la respiración se iba alargando y el gel se volvía más espeso entre nosotros. Cada vez que intentaba acelerar, el cuerpo de arriba se hundía un poco más y me obligaba a quedarme. El límite no se dijo. Se sintió en la presión de la pelvis y en cómo el gel dejó de deslizar y empezó a pegar.

El masaje nuru en CDMX, cuando es cuerpo a cuerpo de verdad, no se parece a la idea de que todo es resbaloso y ligero. Hay momentos en que el gel cede y el contacto se vuelve más directo. La piel contra la piel, con esa capa fina que ya no alcanza para todo. Ahí es donde el ritmo cambia: ya no es de empujar, es de quedarse, de dejar que el peso decida cuánto se mueve y cuánto se queda quieto.

Me acuerdo de cómo el aliento se sincronizó sin que nadie lo buscara. Cada exhalación bajaba el torso un poco más. El gel se acumulaba en la espalda baja y tenía que mover la cadera para que no se enfriara del todo. Ese movimiento era el único que se permitía. Todo lo demás se había detenido porque el peso pedía espacio, no velocidad.

Los límites en ese punto no son una lista. Son la forma en que una rodilla se acomoda para no apretar demasiado, o cómo una mano se queda quieta cuando el otro cuerpo ya no quiere más presión en esa zona. El gel ayuda a sentirlos antes de que se digan. Cuando se adelgaza, el cuerpo avisa con más claridad: aquí sí, aquí no. Y el ritmo se ajusta solo.

Al final de esa parte de la sesión el gel ya casi no corría. Quedaba una película entre los dos torsos y el movimiento se había vuelto mínimo. No era falta de ganas. Era que el peso había encontrado su lugar y el cuerpo a cuerpo se había convertido en algo más quieto, más presente. El masaje erótico tántrico que se ofrece en la Ciudad de México tiene de eso cuando se deja de forzar el desliz y se permite que el contacto decida.

Salí de ahí con la piel pegajosa y la respiración más lenta. El ritmo de la sesión no lo había impuesto nadie. Lo había marcado el peso que se entregó y el gel que, en vez de correr, se quedó para que se sintiera el límite real entre un cuerpo y otro.

 
 
 

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